EL PODER DE LAS PALABRAS

31.10.2012 11:49

Investigaciones recientes demuestran que hablar regularmente a los bebés durante el primer año de vida tiene un profundo efecto positivo en el desarrollo de su cerebro y de su aptitud para aprender. El número de palabras dirigidas a las criaturas al de día, constituye el estímulo más poderoso para agudizar la inteligencia y avivar la capacidad de razonar, de resolver problemas y de relacionarse con los demás. Cuantos más vocablos por hora escuche el pequeño, mejor. Las palabras no tienen que ser complicadas o esotéricas, basta con que sean pronunciadas con un tono afirmativo por un ser humano afable, atento, interesado y envuelto emocionalmente con el bebé. Los mensajes transmitidos por la radio o el televisor no tienen este impacto saludable.

Los cimientos del pensamiento racional se establecen en los primeros meses de existencia, mucho antes de que la criatura muestre signo alguno de distinguir entre una idea abstracta, como "mañana" o "ayer", y su chupete. El cerebro del recién nacido está ansiosamente esperando a recibir los primeros estímulos del nuevo entorno para configurar las conexiones entre los millones de neuronas que forman el entramado de materia gris que le va a permitir ser perceptivo, inteligente, adaptable y creativo.

Mientras que los genes gobiernan el desarrollo del cerebro humano antes de nacer, una vez que venimos al mundo son los mensajes del ambiente los que dominan el proceso. El flujo constante de imágenes, de sonidos, de olores, de caricias, y sobre todo de palabras acompañadas de contacto visual  y de emoción, es lo que impulsa y determina la organización de la mente del pequeño.

Es cierto que las criaturas también maduran en la compañía de sus padres o cuidadores reservados o taciturnos. De hecho, la gran mayoría de los bebés aprenden a sentarse, a gatear, a andar, a hablar, a comer solos y a comunicarse, independientemente del nivel de actividad verbal que experimenten en el hogar familiar. Pero la habilidad para comprender y discurrir en una sociedad tan tecnológica, tan diversa y tan compleja como la nuestra no brota espontáneamente ni con la misma fuerza en ámbitos estimulantes y aburridos.

La influencia del equipaje genético y de las experiencias de la infancia en la formación de la personalidad del adulto ha sido reconocida desde que el monje Gregor Mendel y el psicoanalista Sigmund Freud hicieran públicos sus descubrimientos el siglo pasado, pero el enorme peso del habla es algo nuevo. Esto no quiere decir que debamos bombardear a los niños pequeños con todo tipo de información, pues cuando el cerebro se expone a estímulos excesivos se auto protege y se apaga. Lo importante es conectar emocionalmente con el bebé a través de las palabras. Esta sintonización sirve como imán para el desarrollo intelectual y emocional de la criatura.

Un significado de estas investigaciones es que los niños progresan más cuando están rodeados de personas que no sólo son responsables y cariñosas,  sino además habladoras, que se expresan con claridad y que utilizan términos que acaparan la atención y permiten la participación de los pequeños. De todo  lo cual se deduce la conveniencia de promover proyectos educativos para padres y cuidadores, lo mismo que programas de intervención precoz que fomenten la comunicación y el dinamismo verbal, tanto en el seno de la familia como en las guarderías.

Vivimos en un océano de palabras, pero, como pasa a los peces en el agua, casi nunca somos conscientes de que éstas enlazan nuestras actividades y fraguan las relaciones. Y en el caso de nuestros bebés, las palabras tienen además el poder de configurar las facultades del alma y, de paso, decidir su suerte.

 

 



"Luis Rojas Marcos"